lunes, 11 de mayo de 2015

El músico que pide monedas


Calle 28 de julio, una cuadra antes me percato de la dulce melodía, es un violín que toca un huayno que me transporta en el tiempo hace unos veinte años, me recuerdo en el primer piso del fundo de mi abuelo, junto a mis primos jugando en la oscuridad o contándonos historias de terror (la de Marimacha era de las peores), mientras que escuchamos el duro zapateo de todos los que celebran en el piso superior, el piso de madera soportaba largas jornadas de baile al ritmo de un violín, un acordeón y una arpa acompañados por cortitos que hicieran la noche menos fría alumbrados sólo por una lámpara a kerosene, los motivos iban desde el cumpleaños del abuelo Felipe, la herranza u otro cumpleaños que nos reunía en esa casa tan lejos de la ciudad.

Luego de viajar rápidamente en el tiempo, voy acercándome a la fuente de tan placentero sonido, observo a un hombre con su violín, tiene un pantalón con rayas laterales multicolores, lo que me indica que viene de alguna zona del sur de Ayacucho, quizás Puquio; está sentado y tiene una maleta donde seguramente transporta su material de trabajo y un envase para las propinas de los apurados transeúntes. 

La imagen me produce tristeza e impotencia, un artista que ha tenido que migrar a la ciudad por no tener la posibilidad de ganar lo suficiente en la labor que ama; y peor aún, un artista que tiene que pedir limosna en la ciudad, recurrir a la bondad de gente desconocida que pueda apreciar su talento y darle a cambio unas monedas.

Lo he vuelto a ver unas tres veces, en todas entonaba melodías que me llevaban a sentir ese vibrar en mi mente y corazón; no es justo que la gente tenga que estar en las calles esperando la lástima de los demás, lo justo debe ser que todos podamos vivir de un trabajo digno como el de los músicos, y poder acceder a oportunidades que el Estado disponga, más aún para zonas rurales y pobres como lo es la mayoría de las once Provincias de Ayacucho.