El libro me lo regaló José, mi enamorado, junto al libro “Raro” del mismo autor, fue en
las vísperas de mi cumpleaños número 27 en Ayacucho. Había pasado casi todo el
año quejándome de no poder ir a una librería o a alguna feria para poder
comprarlo, mientras que en Ayacucho no hay ninguna librería que venda libros
originales; así que decidió darme la sorpresa en una envoltura de papelógrafo y
un laso azul, mi color favorito.
Esos días estaba leyendo a García Marquez, por lo que recién
lo empecé a leer el 31 de diciembre en el vuelo que me llevaba a Iquitos para
pasar Año Nuevo allá; me ha acompañado durante ese viaje y en mis jornadas en
las combis y Metropolitano; finalmente anoche, luego de dies días, terminé de
leerlo.
“La distancia que nos separa” es un libro sobre el padre de
Renato Cisneros y su historia (se aclara al inicio que el personaje es
ficticio), tuvo que ahondar en lo poco que sabía de él para armar una novela
que narrara la historia de la que él y sus hermanos poco conocían,
permitiéndole iniciar una investigación que lo llevaría a viajar a muchos
lugares y conocer muchos personajes que él desconocía de su padre. A modo
resumido, su padre es un Ex Ministro del gobierno de Belaunde, con mucho poder
e influencia política; además tiene varios romances con mujeres, producto de
ello varios hermanos y hermanas.
No quisiera ahondar en el resumen, sino más bien en lo que
produjo y la meditación que tuve sobre la relación que tengo con mi padre: mi
padre también es un ser misterioso, una persona que siento no conozco ni la
mitad, siempre con sueños y actividades por hacer, una personalidad parca. Con
muchas palabras y argumentos a la hora de proponernos nuevos retos o
comentarnos noticias; pero de poquísimas palabras para expresar sus
sentimientos, frustraciones o miedos.
Desde que tengo noción, siempre ha sido muy exigente
conmigo, en el colegio no le sorprendían mis excelentes calificaciones y
premiaciones, su semblante me sugería que podía hacer y lograr más; no
solamente en los estudios, desde pequeña me inculcó el amor al deporte y las
competencias. Sugería que pudiera participar de torneos, yendo a verlos desde
la tribuna más lejana, si ganaba o perdía igual se retiraba antes de que
pudiera alcanzarlo para darle un abrazo; pero me hacía saber que le interesaba
y gustaba ir a verme.
Han sido las veces contadas en las que nos ha llenado de
frases cariñosas como un “te quiero” o “te extraño”, de una personalidad fría,
con las frases exactas para hacerte saber que ibas por buen camino, y con
miradas duras cuando hacía algo mal o estaba decepcionado. Sin embargo, no
podría dudar del amor que nos tiene a las tres ni a mi mamá; cuando nace
Andrea, la última de las Carrillo Palomino, se convertirá en una persona más
cariñosa, y en demasía con ella, usando frases más dulces como “pequeña” o “mi
pequeña”. Provocando en mi ciertos celos por no haber tenido el privilegio de
que esos adjetivos fueran para mí, su primogénita.
Mi padre ha sido juez, fiscal, abogado de importantes
empresas; también postuló en una oportunidad a la Alcaldía de Huamanga, no
pudiendo ocupar el tan ansiado sillón municipal quedando tercero. Ahora se
dedica a defender a culpables e inocentes, con buenos honorarios de personas
adineradas que acuden a él, así como dispuesto a aceptar pagos de gallinas,
tubérculos u otros en lugar de billetes. Así es él, una persona modesta a disposición
de los que lo requieran, de un vestir sencillo y amante del huayno ayacuchano
de antaño.
Admiración y agradecimiento es lo que surge en mí al pesar
en él, por haberme inculcado valores importantes, haber pagado mis estudios e
inculcarme el amor a la Tierra y al deporte. Sin embargo, algunas veces también
desconfianza, cuando no sabemos dónde está, o impotencia, cuando no acepta otra
forma de hacer las cosas que la suya. Creo que la conexión con mi padre ha sido
vital en mi crecimiento y desarrollo; pero siento que lo desconozco, ojalá poco
a poco pueda entrar en su vida y me permita asomarme en esos capítulos de su
vida que para mí aún son terreno desconocido.
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