lunes, 2 de marzo de 2015

"Nación Prozac" y un viaje al pasado

Este libro me lo prestaron, el como llegó a mi es curioso: salí a correr una mañana nublada, cuando ya estaba por terminar me pareció ver a mi novio, luego al dar la vuelta lo volví a ver, lo saludé siguiendo el trote y me dijo que había dejado un libro en mi apartamento; luego de la rutina de ejercicios, volví a casa y obviamente lo primero que necesitaba era saber qué libro era.
"Nación Prozac" de Elizabeth Wurtzel y su portada con la imagen de varias de éstas pastillas me provocó intriga, pensé que sería una narración alrededor de la depresión, no me equivoqué. Éste libro es una autobiografía de la autora, quien a sus 26 años decidió publicar sus experiencias con la depresión, cuyos inicios los tuvo desde su infancia y llegando a los picos más profundos durante su vida universitaria en Harvard. Narra su inicio en el consumo del prozac luego de haber pasado por muchos fármacos que le eran administrados para tratar su depresión crónica.
Algo que impresiona al ir pasando las páginas es el grado de depresión al que llegó, depresión que la inmovilizaba, incluso anulaba sus pensamientos y planes, a pesar de ser muy inteligente y considerada como una niña prodigio. Creo que Elizabeth ha pasado algo que creo la mayoría pasa en algún momento de su vida, sentir que no hay más fuerzas para levantarte por la mañana, tener largos ciclos de llanto, olvidar a tus amigos e incluso, empezar a consumir drogas para sentir esa emoción que ha perdido la vida.
Ella empezó a sentir la apatía en la infancia, ante el divorcio de los padres y constantes peleas de las que ella era testigo; acá quiero que volvamos al pasado, a esos días en los que eramos niños, cuántos de los principales traumas se generaron en esta etapa, las inseguridades que crearon las vivencias que tenemos ahora ya adultos.
En mi caso, volver a la infancia es recordar los días de juego acompañada de mi hermana menor y primos, recordar las escondidas, el "chepis" cuando jugábamos encantados o la chapada, el aprovechar las fiestas de cumpleaños de los familiares que era la ocasión propicia para reunirnos y jugar. Recordar los cumpleaños y esperar que mis papás subieran a cantarme las mañanitas, compartir el coctel acompañado de galleta soda. También, es volver a los días de viaje a Tambo, correr en el campo, coger flores y jugar a la tiendita con monedas de piedritas que incluían vuelto.
Pero también es recordar los días en los que papá llegaba muy tarde y mareado, lo que causaba la amargura de mi madre y peleas que no sólo fueron verbales; llorar en silencio con mi hermana al escuchar las palabras que iban como flechas filudas de un lado a otro, y rezar pidiendo que terminara todo, que fuera el día siguiente y que algo hiciera dejar el alcohol a mi papá. También las principales inseguridades en el colegio, cuando empezabas a compararte con las demás niñas y te dabas cuenta que no eras tan bonita o delgada como Fulanita, que la otra tenía zapatillas o ropa de marca, mientras tus papis sólo podían comprarte lo que les daba modestamente sus sueldos.
Es así, que muchos hemos tenido estas sensaciones, sin embargo, algunos lo superaron bien y sólo se quedaron como malos recuerdos. Otros, como Elizabeth y yo, las fuimos acumulando y se volvieron una enorme bola de de nieve, que año a año iba creciendo, hasta ser incontrolables, que sólo podían ser superadas con la presencia de un especialista médico que pudiera darte las píldoras mágicas para sentirte menos ansiosa y menos depresiva.
La depresión, en mi experiencia, es un círculo vicioso que al inicio podrías controlar, pero en un momento ya no eres consciente de tus actos, cualquier esfuerzo, palabra, lamento, grito tuyo o de tu familia no será suficiente; se necesita una ayuda química (textualmente "inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina") y mucha voluntad; no es como una enfermedad física que superas con una buena dosis de pastillas; acá la receta es mucho más compleja que considero que la depresión te acompañará toda la vida en menor o mayor grado, será común tener episodios depresivos o ser más voluble a ciertos momentos; en mi caso problema con los alimentos, pero eso lo ampliaré en otro post.
En el caso de Elizabeth, luego de probar el Prozac descubrió que podía sentir al menos las ganas de despertarse; ella a sus 26 años cuenta que aún tiene ciertos episodios de depresión. Lo más interesante del libro es que te permite reflexionar de como ha crecido la industria de los antidepresivos, en torno a una sociedad más triste, incluso en el epílogo se narran casos de animales a los que se les suministra esta pastilla. En pleno siglo XXI, a pesar de todos los avances tecnológicos y en la medicina, cada vez más gente se suicida, siente que no tiene sentido la vida, sé que es difícil encontrarlo, pero debemos hacerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario